Miedo escénico

Miedo escénico

Relato de José Luis López publicado en ‘Vidas Maestras’ que edita la Consejería de Educación, a través del  Centro de Recursos, Interpretación y Estudios de la Escuela de Polanco, con escritos, historias o biografías de  profesores jubilados cántabros.

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Cené temprano. No era mi horario habitual y no me quedaría después a ver la película que ponían en la televisión como sesión de noche. Tenía que madrugar al día siguiente e iniciar el viaje en mi coche a la capital. Quería aprovechar bien las horas de sueño y descansar lo necesario para afrontar la jornada con energía.

La cuestión era la siguiente: estamos a 1 de Octubre y, por tanto, comienza el curso escolar.

Durante ese verano, recién terminados mis estudios superiores, me ofrecieron, en un colegio de la capital, la posibilidad de un contrato de trabajo docente en el departamento de ciencias. Entusiasmado lo acepté. En principio para un curso académico, pero prorrogable si ambas partes estábamos de acuerdo.

Es fácil imaginar que esa nueva ilusión que se acaba de crear, y que se instala en mi mente, me hace ver un montón de posibilidades por las que, ya desde ahora, y sobre todo mirando al futuro, tendré que trabajar duro.

La profesión no es fácil. Al menos eso se comenta cuando se habla del trabajo del educador. Pero si lo has elegido, porque es lo que más deseas en el mundo de los adultos, porque es a lo que te quieres dedicar el resto de tu vida, esa voluntaria vocación, sin duda, supone un estímulo y una ayuda importante. O eso es lo que yo quiero creer que debería pasar.

La noche va transcurriendo como en un duermevela. Esa sensación de que el cuerpo está echado y descansa, pero la mente… ¡Ah, la mente! ¡Eso es harina de otro costal!

Con los ojos cerrados, en la oscuridad de la habitación, soy consciente del lento paso del tiempo. El rebufo silbante del viento en los ventanales, los silencios amplificados de la noche y mis fantasías internas. Todos estos ingredientes hacen que las neuronas sigan prefiriendo la actividad al letargo. Y el sueño profundo, brilla por su ausencia.

Sin embargo permanezco echado en la cama, disfrutando del calor del propio cuerpo retenido por el eficaz cubrecama.

La noche fuera se insinúa húmeda y destemplada, como corresponde a la época y a esa latitud, por encima de los 1.000 metros. Además este año hay el pronóstico de que las primeras nieves se adelanten, según los expertos. Algunos años ocurre, y éste parece que va a ir en esa línea.

Fabrico imágenes en mi mente mientras tanto. Imagino que entro por primera vez en el aula. Una estancia amplia y luminosa. La pizarra, grande, de un color verde vejiga, ocupa una pared casi en su totalidad.

El resto de paredes contienen innumerables murales y carteles de distintos tamaños. Representan esquemas, dibujos y fotografías que se supone tienen que ver con el interés y las necesidades académicas del alumnado.

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En una ordenación escrupulosa, de seis filas y cinco columnas, están sentados los alumnos, en silencio, expectantes.

Noto sus miradas fijas, observándome. Analizándome en cada gesto y detalle. Esta información les facilitará construir un perfil sobre mí. Cada uno el suyo y les servirá para vislumbrar por donde pueden ir nuestras relaciones personales y profesionales futuras. Vamos, lo que decimos coloquialmente, “formarse una primera impresión”.

Sin embargo la sensación en mí es bien distinta. Veo un grupo de jóvenes en el que, aún debiendo ser bastante homogéneo, destaca claramente su diversidad. Aunque todavía no tengo la información necesaria para constatarlo.

Precisamente descubrir esa pluralidad va a ser una parte importante de mi trabajo con cada uno de ellos.

En fin, la noche avanza y sigo sin conciliar ese sueño reparador.

Carece de sentido alargar más esa situación, sobre todo cuando ese día va a exigirme varias actuaciones. La primera de ellas realizar ese viaje a la capital por una zigzagueante carretera, atravesando la cordillera, hasta el nivel del mar. Unas dos horas en tiempo, si todo va bien.

Así que decido levantarme. Pongo a hacer el café mientras me doy una ducha. No voy a hacer un desayuno copioso.

Pienso parar en una cálida cafetería de un hotel que hay en el camino, bajando ya el puerto, y que abre a sus clientes muy temprano. Lo hago casi siempre que paso por allí. Es como un ritual ya establecido y me gusta.

Disfrutaré de algo sólido. Ahora, solamente un café cargado bien caliente, para entonar.

Ayer preparé una pequeña “suitcase” con pertenencias para una semana. Es el tiempo que estaré fuera, hasta que solucione el tema de la residencia.

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Me sorprende la baja temperatura en el exterior, en torno a los 3 grados, calculo yo. La escasa claridad me permite ver un cielo muy gris, encapotado, con densas nubes que anticipan nieve en los puertos. Y yo voy a atravesar uno de ellos.

El coche está guardado, a buen recaudo, en el garaje. Me alegra haber hecho la revisión en el taller la semana pasada. Y entre otras cosas, cambié los neumáticos de las ruedas, que ya hacía falta, debido al desgaste.

Y me puse en ruta. Con buena temperatura interior y cómodo al volante. Tomé la desviación a la carretera nacional que me llevaría al puerto de montaña.

Sintonicé en la radio, a esas horas, un programa que hacía un recorrido por los distintos pueblos del país tratando noticias, festejos y perfiles del paisanaje de una forma muy amena y entretenida. Pero sobre todo su preciosa y pegadiza banda sonora que, inspirada en el tema “I could easily fall (In love with you)”, y que popularizó Cliff Richard, se te agarraba a la cabeza y no había manera de soltarla. Me encantaba la voz del locutor. Me consideraba un oyente asiduo, realmente.

El camino es conocido, aunque para nada monótono. Me permite disfrutar del paisaje a la vez que conduzco. Son numerosos los momentos en los que hay que prestar una especial atención: atravesar un pantano, sinuosos perfiles que me acercan y, al mismo tiempo, van dejando atrás preciosos pequeños pueblos y aldeas.

También algunos pasos a nivel que interrumpen el tráfico por momentos, para dejar paso al orgulloso y reptiliano ferrocarril, que a veces tiene el detalle de silbar a su paso, como agradeciéndome que haya detenido mi marcha para priorizar la suya.

Así, pasado un tiempo y avanzando, me encuentro frente al puerto de montaña, y comienzo su ascensión.

Es éste el accidente geográfico que más inquieta cuando estás conduciendo, y sobre todo en esta época. Con la temperatura cayendo a medida que se asciende, me suena un grado cada 100 metros de elevación. Y… ¡Oh, Casualidad! ¡ Estoy en el inicio del puerto y empieza a nevar!

La verdad, no contaba con esto, así que tendré que extremar todas las precauciones. El puerto no es muy largo pero gana altura con rapidez. Si la nieve cuaja en la cima será peligroso el descenso por el otro lado.

Existe otra carretera nacional, a menor altura, que también nos conduce a la capital, pero lleva una temporada con varios tramos cerrados al tráfico por obras. Por esa razón he decidido esta opción. Bueno y también porque el entorno natural y el paisaje son espectaculares.

Otro fenómeno meteorológico habitual es estos parajes son la neblinas, más o menos densas, que perjudican la visibilidad, reduciéndola a veces casi en su totalidad, de tal manera que es imposible ver más allá de un metro del morro del vehículo.

Esto provoca tráfico lento y en el peor de los casos, si no vas con todos los sentidos puestos en el volante, aparatosos accidentes.

Además, es frecuente el tránsito de camiones y vehículos pesados por esta vía, que transportan las mercancías desde la meseta castellana hasta el puerto para embarcar.

Estos vehículos largos y articulados suponen un mayor peligro bajando el puerto, ya que es el sistema de frenado el protagonista, al tratar de reducir la fuerza inercial que producen la carga y el tamaño del remolque en el descenso. Algunas veces ha ocurrido que, al fallar este sistema, el vehículo queda sin control y esto conlleva un enorme peligro para el conductor y para el resto de usuarios de la carretera.

Hasta ahora mi ascensión transcurre con normalidad, apenas encuentro otros vehículos.

Disfruto de las espectaculares vistas, y voy perdiendo la fina sintonía de la emisora de radio que incorpora esas interferencias y ruiditos parásitos extraños, típicos cuando vas transitando por una zona de recepción débil.

Pero lo soporto aún y no cambio de emisora. Me gusta lo que estoy escuchando. El concierto para piano Nº 1 de Tchaikovsky, nada menos.

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Amanecía y la niebla empezaba a hacer acto de presencia. Al principio, como finas y dispersas láminas blanquecinas, que interrumpían a intervalos la visibilidad, para convertirse enseguida en una inundación de opacidad que lo invadía todo. Me hacía sentir como si hubiese sido arrebatado del mundo habitual y trasladado al instante a otro, más amortiguado y solitario, sin formas definidas, avivando un cierto temor en mi interior.

Aún así, lejos de la experiencia que, en cierta ocasión, tuve al encontrarme de súbito metido en una nube, en la cima misma de una montaña. Aquella sensación de ahogo y falta de oxígeno para respirar. Incapaz de ver mi propia mano, y mucho menos a los compañeros de escalada. Esta situación angustiosa, que duró mientras la nube se desplazaba empujada por el viento, se ha quedado grabada en mi memoria, y de vez en cuando acude a mi mente, sobre todo en momentos de blancuzca oscuridad como estos.

Puestos a especular sobre las causas que producen este meteoro, tan habitual en esta zona, llegué a la conclusión de que la proximidad del pantano sería el argumento más sólido.

Al coronar el puerto no se veía prácticamente nada.

Una fila de vehículos, camiones y turismos, permanecían estacionados en el arcén derecho de la carretera. Y también ocupaban un ensanchamiento que, a modo de aparcamiento, había al lado de un mirador para contemplar el paisaje. La prudencia aconsejaba no continuar el camino mientras durase esta invisibilidad.

Cada uno dentro, al calor del habitáculo. De momento, nos sentíamos seguros.

Transcurría el tiempo. Una hora, dos horas… y aquello no mostraba ni siquiera indicios de mejorar.

Algunos conductores nos reuníamos de vez en cuando para ayudarnos a decidir qué hacer. Había llegado un coche de la policía de tráfico que nos dio la información de que, el puerto, había quedado cerrado a la circulación, mientras durase la densa niebla.

Cada uno con sus urgencias. Y yo tenía las mías. La situación empezaba a agobiarme un tanto.

Mi horario de clases empezaba a las 8,15 de la mañana. Y hasta las 14,00 iba pasando por las distintas aulas que me había asignado el equipo directivo del colegio.

Mientras tanto, pasaban ya las 7,30 y aún estaba inmovilizado en el puerto, a 60 kilómetros de la capital. La situación se ponía fea.

No es muy alentador llegar tarde el primer día de trabajo, o no llegar, incluso. Mi propia imagen ante la dirección quedaría dañada, como impuntual y poco previsor, aunque luego se aclarasen los motivos. Tenía que hacer algo para evitar esto.

Consulté con la patrulla de policía si podría, con sumo cuidado, continuar el viaje.

Nada. Según ellos, era una responsabilidad que no podían asumir. Además unos kilómetros más adelante, el remolque de un camión, al patinar, había quedado cruzado en la carretera, ocupando el espacio de los carriles en ambos sentidos. Llevaría un tiempo que la grúa de asistencia en carretera dejase expedito ese tramo.

Lo que faltaba, pensaba yo. Ante la impotencia que sentía, mi nerviosismo e inquietud se acentuaron considerablemente. Entonces, ¿qué hacer?

¡Y desperté!

Desperté empapado en sudor. Aturdido y un tanto desquiciado, por las sensaciones y sentimientos que aún mantenía vivas en mi cuerpo y en mi mente. Con esos visos de realidad con que, en ocasiones, los sueños y las pesadillas nos conducen, hasta recuperar totalmente la plena consciencia.

Permanecí sentado en el borde de la cama. Y poco a poco, me fue invadiendo una sensación general de alivio, al reconocer:

Que todo había sido fruto de mi imaginación.

Que hoy es sábado, y que las clases comienzan el lunes.

Que la actitud del equipo directivo del colegio no ha sido tal. Y que la mía, ante la responsabilidad docente, no ha sufrido menoscabo ni descrédito alguno.

Como ocurre con casi todo en la vida, también hay un lado bueno en esta historia. Y es que adelantaré un día el viaje a la capital, pues con esa holgura de tiempo, podré hacer frente a los imprevistos que pudieran surgir.

Porque, por encima de todo, estaré el lunes a primera hora en mi nuevo puesto de trabajo. En el aula, con mis alumnos, escribiendo en ese libro de la vida la primera página de mi experiencia docente.

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Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo…Enseñarás a soñar pero no soñarán tu sueño… Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo, en cada vida, en cada vuelo, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado” – Teresa de Calcuta

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A Rafael Luque Llama In memoriam